13 Oct (Micro)Relato XXXIV: El lápiz
El lápiz recorría el papel dejando un rastro de carboncillo a su paso, dibujando líneas gruesas e irregulares surgidas de una punta mermada que nunca conoció de los pertinentes cuidados. La mano que lo gobernaba sentía la presión del tiempo. La mente que lo guiaba perdía la guerra contra el tiempo. A cada segundo que el momento avanzaba inexorable hacia su final, el trazo se volvía más tembloroso e impreciso, con el ansia de alcanzar su objetivo y el temor de encontrarse con el fin.
Nunca vencería en una competición artística ni tampoco lo pretendía. Con el único objetivo de resultar funcional, los ojos guiaban los movimientos del lápiz, adelantándose un instante al futuro para crear una imagen mental que luego la mano pudiera reproducir con la mayor exactitud posible.
Las prisas se apoderaron de su cuerpo. Se unieron a una tensión creciente para convertirse en una mezcla explosiva que amenazaba con reventarlo todo. No podía fallar, no podía equivocarse. Esta vez no. Pasara lo que pasara, por primera vez en su vida debía sumirse en la perfección. Acercarse no sería suficiente. Rozarla lo dejaría sintiéndose objeto de un destino cruel.
Los segundos pasaban como si sus vidas no tuvieran sentido. Los ojos que se reflejaban en los suyos parecían estar viviendo lo opuesto, convirtiendo cada segundo en la unidad de tiempo más extensa que podían concebir. En ellos veía la esperanza de que no se equivocara, veía la presión que se imponía a sí mismo, veía la plegaria porque acabara pronto.
Perdió la fuerza en los dedos. El lápiz se aferró como pudo a su debilidad. Contempló su obra magna, terminada, completa. Lo había conseguido. Recibió un huracán de agradecimiento antes de quedarse solo, antes de que su última compañía se marchara con el mapa que le permitiría escapar.
Para él ya no quedaba nada, tan solo unos últimos latidos para transmitir las pulsaciones al lápiz que se lo tomó como un impulso para abandonar sus dedos y rodar por el frío suelo para nunca jamás ser usado de nuevo.
Foto de Jess Bailey en Unsplash
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